Vamos a la playa, calienta el sol…

Sea natural o no la ola de calor que pasamos la semana pasada, y también la extraña bajada de temperaturas que ahora tenemos en algunas zonas que por lo general son bastante cálidas en verano, lo que está claro es que estamos a las puertas de la canícula; esto es, la temporada más calurosa del año, que claramente se da en el estío, y que coincide cómo no con el período vacacional. Y los humanos, animales de costumbres en todo su esplendor, no puede hacer otra cosa que la que hace todos los años. ¿Y qué es esto? Ponerse bajo el sol junto a una fuente de agua, porque así ha sido de generación en generación.

A estas alturas, no nos importa demasiado ni el cambio climático ni esta vaivén de temperaturas que nos puede volver un poco locos. ¿Por qué? Porque es verano, simple y llanamente por eso. Y por eso mismo, toca irse a la playa o la piscina con nuestros trajes de baño y tomar el sol, e incluso meternos en el agua, esté fría o no, poco nos importa (son de alabar algunos valientes que verdaderamente se toman esto muy en serio). Y junto a eso, ya sabes, todo un tropel de otras tradiciones: la sombrilla, la tortilla de patatas, el tinto de verano y la crema hidratante puesta a mansalva y en los lugares más insospechados, porque sí, el sol también quema los pies y el filo de las orejas…

Para muchos esta es la mejor parte del verano, sobre todo desde que se inventó algo que hace apenas un siglo ni siquiera pensábamos que podría existir. ¿No adivinas lo que es? Bueno, la historia del topless está llena de muchos incrédulos que pensaron que aquellas mujeres que se dedicaban a enseñar los senos en traje de baño serían quemadas en la hoguera, más o menos como las brujas en la época de la Inquisición; pero, por suerte, la historia demostró que por mucho puritano que anduviera por ahí, un par de tetas al aire siempre sería motivo de alegría para el que mira, y que acabaría ganando a todos los reprimidos que lo llamaban escandaloso pero que acababan disfrutándolo, aunque fuera de reojo.

Pues sí, el topless en estos momento es una cosa normal y corriente, otra rutina más dentro de las costumbres que tenemos a la hora de disfrutar del verano. No negaré que yo también me siento fascinado en ocasiones viendo pechos desnudos, porque las tetas gordas son mi debilidad, lo reconozco; aunque nunca he sido uno de esos babosos que miran por mirar y hasta acaban pajeándose en secreto, o no tanto, gracias a ellas. Separo muy bien mis momentos de ocio y sexo íntimo con lo que puedo llegar a ver en una playa pública, pero vamos, que si veo a una mujer con unos buenos pechos desnudos, me llama la atención y disfruto mirando. Si eso me hace un voyeur o no no lo tengo claro, sólo sé que miro lo que me gusta y lo disfruto, de igual forma que estas señoras o señoritas, maduras o jovencitas, dejan sus tetas al aire porque así les apetece.

Algunos piensan que el topless es escandaloso, que no debería hacerse en playas y piscinas públicas sino en las naturistas, y que debería permitirse a las tias buenas solamente (nada de viejas ni gordas enseñando los melones, por favor). A mí me gusta dejar a la gente a su libre albedrío, y ya que tanto ha costado ese pequeño rasgo de libertad y que ya hemos superado en gran parte su instauración, no veo razón para que nos resulte extraño. Además, ¿qué misterio tienen hoy en día un par de pechos sin tapar? El cine, la televisión, la publicidad… sea machismo o no, todos tiran del cuerpo de la mujer, sobre todo si es hermoso, para sacar la mayor tajada e inclinarnos hacia sus productos. Y a mí, que me encantan las mujeres, y más las mujeres guapas por supuesto, me parece bien siempre y cuando ellas estén de acuerdo… sea verano, invierno o entretiempo.